El corazón mercuriano 

por Fernanda Dichi

¿Cómo funciona esa intersección entre la entraña y el seso?, ¿será posible sentir sin que el pensamiento intervenga?, ¿se puede pensar sin sentir? Desde hace mucho escucho una canción que dice “Cuando tu cerebro deje de latir y el corazón no deje de pensar. Por el mismo precio puedes recibir, todo lo que quieras”[1], esta estrofa hace que me pregunte ¿en qué medida debemos permitir que la razón intervenga en nuestras emociones? ¿Se puede alcanzar un equilibrio entre ambas?  La verdad es que no había tenido éxito en comprender estas relaciones entre la lógica y la emoción. Sin embargo, este febrero sucedió algo importante. En un performance y la exposición de Cecilia Vicuña, en el MUAC, vi y sentí algo que me hizo pensar con claridad sobre lo que sucedía.

 

Quipú de lava, fue un performance ritual en el que de este a oeste, 50 personas, incluida yo, desplegamos una tira de lana carmesí dentro de la estructura principal del Espacio escultórico de Ciudad Universitaria. Según su autora, este quipú viviente era un instrumento que destacaba el vínculo entre el destino de la humanidad y el respeto a la Tierra. Ese día en pleno performance, entre el sol, mi caos mental y mi torpeza física, caí en un hoyo del pedregal y me lesioné el dedo meñique de mi mano izquierda.  

Al siguiente día visité la exhibición, en las primeras salas dentro de una pequeña vitrina, había dos pedazos de papel, uno con la palabra “razón” encerrada dentro de un corazón y el segundo con la palabra “co(n)razón”, ambas escritas a mano con lo que pareciera plumón negro. Mi interacción con la pieza, en primera instancia, fue curiosa, pero mientras más pasé leyendo, “razón”, “co(n)razón”, “razón”, “co(n)razón”, el collage se transformó en una especie de espejo que me hizo sentir tan incómoda que terminé por alejarme y casi borrar la fotografía que había tomado con mi celular.

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[1] Alex & Daniel, Mundo real, 2013.

Esa tarde me la pasé pensando con respecto a estas experiencias e intenté redactar algo, pero fue imposible debido a mi lesión, cuando intentaba escribir me dolía. La pesadumbre de las reflexiones y el temor a la auto confrontación provocaron que enterrara el suceso por un rato en mi memoria o bueno, eso creí, ya que, a lo largo de este pandémico y aletargado encierro, emergió como un voraz zombi.

A la distancia adecuada de este suceso, he pensado sobre la intelectualización de las emociones, la relación entre razón y afectos y la reconciliación de ambas. Siempre he considerado que la escritura puede ser una resolución a estas tensiones, sin embargo, hay ocasiones en las que por la rigidez de la escritura tradicional, en lugar de ablandarse y fluir, éstas se constriñen más.

Esta situación me ha llevado a cuestionarme sobre las estructuras y maneras en las que escribo. Hay veces que las palabras no alcanzan para plasmar lo que se piensa y se siente. Por ello, es necesario destacar que este texto no tiene pretensión alguna, está escrito como una especie de collage, a partir de ideas sueltas, principios astrológicos e imágenes derivadas de emociones reprimidas y acumulación mental.

Como contraposición a esta rigidez de la escritura tradicional, este texto se estructura a modo de reporte astrológico sobre una posición y un aspecto planetario que se encuentran estrechamente vinculados con la acción de escribir. La astrología es una disciplina esotérica que relaciona los eventos de la vida humana con el movimiento de los astros a partir de su observación. Ésta sienta sus bases en el segundo principio del hermetismo que dicta “Lo que está encima es igual a lo que está debajo, y lo que está debajo es igual a lo que está encima para que se cumplan los milagros de una sola cosa.”[2]

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[2] Hermes Trismegisto. La tabla de esmeralda. (Madrid: Jorge A. Mestas Ediciones), 41.

El cielo nunca es el mismo, cambia todos los días, es por ello que para realizar una precisa traducción de lo que sucede arriba, la astrología apela a disciplinas como las matemáticas y la física para comprender el comportamiento de los astros y su influencia en los menesteres humanos. El paso de un signo zodiacal por un planeta es conocido como posición. Para que un planeta cambie de posición requiere recorrer de 0º a 29º59’ de cada signo. El tiempo que cada planeta tarda en cambiar es relativo, ya que, a causa de los distitnos tamaños de órbitas unos tardan más que otros en completar dichos grados matemáticos.

Los signos zodiacales se dividen en 3 grupos: cardinales, fijos y mutables. Los cardinales son Aries, Cáncer, Libra y Capricornio, se caracterizan por ser los pioneros y líderes. Por su parte, los fijos, Tauro, Leo, Escorpión y Acuario, son los persistentes e inamovibles. Finalmente, los mutables, Géminis, Virgo, Sagitario y Piscis, son conocidos por su adaptabilidad y fluidez. 

Las energías entre signos pueden manifestarse de manera armónica o disruptiva. Esto depende sí el signo es cardinal, mutable, fijo o del mismo elemento (fuego, tierra, aire o agua). Teniendo en cuenta lo anterior, cuando dos o más planetas se encuentran de 0º a 5º de separación en determinados signos se crean aspectos, que son ángulos de 0º (conjunción ☌ ), 60º (sextil ⚹), 90º (cuadratura □), 120º (trígono △) y 180º (oposición ☍).

♀ ☌  ♅

II

 

Venus conjunción Urano en Géminis

 

Ese mismo día que visité la exposición, tuve la oportunidad de escuchar una charla entre Cecilia Vicuña (Venus en Géminis 25º15’ y Urano en Géminis 28º17’) y Lucy R. Lippard (Luna en Géminis, entre 5º14’ y 20º24’). En este diálogo, la crítica estadounidense enfatizó la relación de la obra de Vicuña con el agua, ya que para ella ambas fluyen y no respetan fronteras. A esto, la artista respondió que su fuerte conexión con el agua estaba marcada por su experiencia con el Río Mapocho, ya que como santiaguina, creció junto a este cuerpo acuífero. Cecilia nació en Chile durante el verano de 1948 cuando Venus y Urano se encontraban en conjunción en el signo de Géminis.

La conjunción es uno de los aspectos más fuertes. Se da cuando dos planetas se encuentran en el mismo signo. La poca distancia entre los cuerpos produce que sus energías se fundan y emerjan como una misma. Venus es el planeta que rige la energía femenina, las relaciones, los placeres y la belleza. Por su parte, Urano representa a la revolución, la transgresión, la electricidad, la rebeldía y la empatía con las grandes masas. Géminis es el tercer signo del zodiaco, rige la comunicación, los procesos mentales, las palabras y la escritura. Con base en esto pareciera que, el universo sabía que Cecilia haría la revolución a partir del abrazo a su feminidad, su cuerpo, sus letras y las detonaciones de su boca.

De vuelta a la referencia del agua me puse a pensar que, el vinculo entre la obra y el Mapocho va más allá del arraigo de la artista a su tierra. Este río, que surge en una intersección del cerro El Plomo y la cordillera de Los Andes, es de carácter nivo-pluvial, esto quiere decir que pasa del estado sólido al líquido, a través del deshielo de la nieve que cubre dichos montículos. La obra de Vicuña es como el agua del Mapocho y el signo Géminis, mutable, ya que nace como palabra, se transforma en imagen, para después ser sensación que atraviesa el cuerpo.

La idea sobre una urdimbre entre la poesía, las imágenes, el cuerpo, la feminidad, el agua y lo que se escapa, me remitió a la provocación de Hélène Cixous (Sol en Géminis 13º54’) sobre la urgencia de que las mujeres conciban sus propias escrituras desde el cuerpo, la intensidad, la fluidez y la indisciplina.[3] Después de la experiencia de Quipú de lava, el dolor de la falange de mi dedo meñique de la mano izquierda y la voz dentro de mi cabeza repitiendo razón, co(n)razón, razón, co(n)razón, razón, co(n)razón, razón, co(n)razón, razón, co(n)razón, razón, me percate que la solución a mi desequilibrio lógico-emocional estaba frente a mis ojos.

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[3] Hélène Cixous, La risa de la medusa, trad. Ana María Moix (Barcelona: Editorial Anthropos), 54-66.

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Cecilia Vicuña. Co razón, 1976. Collage sobre papel amarillo. 28.5 x 22 cm

II

Luna en Géminis

 

¿De dónde surge esta necedad de querer intelectualizar las emociones? ¿Por qué no sólo sentir y ya? ¿Qué tan difícil es callar a la razón? Siempre supe que para encontrar respuestas a esto, era necesario buscar en los lugares menos convencionales y lógicos posibles, por dicha razón, comencé a indagar en las estrellas y en las palmas de mis manos. Nací un martes de octubre por la tarde, a esa hora, la luna ya estaba en el 9º de Géminis. La luna simboliza el cuerpo emocional, los procesos internos, la fertilidad, la seguridad y los sentimientos, por lo tanto, es un astro de energía femenina. Por su parte, Géminis, es de elemento aire y está regido por Mercurio, el planeta de la comunicación y del pensamiento. Este signo está representado por un par de gemelos que corresponden a la constelación de Cástor y Pólux, se caracteriza por el dinamismo, la curiosidad, el cuestionamiento y la constante necesidad de aprender.

En la quiromancia, la adivinación a partir de la lectura de las manos, la mano dominante es la que representa lo consciente mientras que la otra, el inconsciente. Dentro de sus métodos existe uno que está ligado directamente con la astrología. En él se propone un vínculo entre los planetas, las líneas de las manos y la fortuna. El dedo meñique es considerado el dedo de Mercurio, éste está conectado con la comunicación, las relaciones con otras personas, la inteligencia y la intuición. Como se menciona anteriormente, Géminis rige las palabras y la escritura, por ello, no es fortuito que su representación corporal sean las manos y que el dedo meñique sea tan necesario para sostener un lápiz o para darle equilibrio a éstas cuando los otros dedos teclean.

 

Considerando todo lo anterior me di cuenta que lo que me sucedió en febrero, no fue una coincidencia. Pareciera que el universo y mi cuerpo se pusieron de acuerdo para tenderle una trampa a la razón, ya que, a partir de lo vivido, comencé a relacionar el dolor de mi dedo izquierdo de Mercurio con el autosabotaje, mi incapacidad de separar el intelecto de las emociones y mi absurdo apego hacia formas de expresión que no me permitían llegar a ninguna parte.

La concepción de este texto fue un proceso nuevo para mí porque la cabeza decidió guardar silencio y dejó escribir al cuerpo. El dolor y la deformación de mi dedo me permitieron tejer una estructura propia de escritura, a través de la vinculación de mis empantanadas emociones, mi experiencia con la obra de Cecilia Vicuña, mis estudios esotéricos y el acompañamiento por parte de un grupo de mujeres que admiro profundamente.

 

Dicho proceso dejó al descubierto mi deseo por encontrar una escritura que  equilibre la relación entre mis emociones y la razón, impulse mi desapego a lo conocido, lleve al límite mis emociones y sobre todo que me permita ser sincera conmigo misma y mis experiencias. Sin duda, el camino hacia esta escritura será desde el cuerpo, será acompañado, se fusionará con otros conocimientos intuitivos y femeninos, desestabilizará  y tendrá como objetivos principales el autoconocimiento y la transformación.

Los eclipses simbolizan el final de un ciclo, en vísperas de uno de Luna en el signo de Géminis en conjunción con mi Luna natal, decidí separarme de las nociones racionales sobre la escritura y comprender que ésta es un proceso afectivo. Así como en la astrología “lo que está encima es igual a lo que está debajo”, en la escritura “lo que está adentro es igual a lo que está afuera”.

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Tomado de Jean Belot. L’art de la memoire, 1648.

El corazón mercuriano

Fuentes consultadas:

Cixous, Hélène. 1995. La risa de la medusa. Trad. Ana María Moix. Barcelona: Editorial Anthropos.

Museo Universitario Arte Contemporáneo, ed. 2020. Cecilia Vicuña: Veoír el fracaso iluminado. Ciudad de México: Museo Universitario Arte Contemporáneo, MUAC UNAM.

Trismegisto, Hermes. 2011. La tabla esmeralda. Madrid: Jorge A. Mestas Ediciones.

Fernanda Dichi

México, 1993

Vive y trabaja en la Ciudad de México

Es licenciada en Historia del Arte por el Centro de Cultura Casa Lamm. Su práctica está enfocada en proyectos curatoriales y de investigación sobre arte moderno y contemporáneo en México y América Latina. Entre sus proyectos se
encuentran la co-curaduría de la exhibición VORTEX: Tiempos dislocados de Enrique Méndez de Hoyos en Ex Teresa Arte Actual y las asistencias curatoriales de Notas para una educación (económico-) sentimental en el Museo Universitario del Chopo y El retorno del realismo: Siqueiros y la neovanguardia en la Sala de Arte Público Siqueiros. Actualmente colabora como asistente de dirección en el Museo Universitario Arte Contemporáneo, MUAC, UNAM.